El día siguiente volví al café, donde ya me esperaba Marco muy sonriente. “Hola, ¿cómo estás? – Me dijo - Volveré a aburrirte de nuevo. Pero esta vez te contaré cosas más interesantes”. Preparé mis cosas y antes de iniciar pedí un americano y Marco un capuchino además de una pieza de pie de fresa. Cuando llegó el mesero y nos sirvió nuestra orden, Marco continuó con su relato.
Un poco antes de darme cuenta que ese chico que se quitaba la camisa existía, entré a un grupo de baile independiente que se llamaba ‘Los chicos malos del barrio’. Éramos jovencitos de entre quince y veintitrés años. Hombres y mujeres. Todos con mucha energía, deseos de sobresalir y de hacer lo que más nos gustaba: bailar. Todos con hambre de éxito. Teníamos un coreógrafo, joven también, que nos preparaba con clases y nos ayudaba a conseguir eventos. Nos presentábamos en distintos festivales escolares, concursos, ferias y espectáculos locales. Además al mes de entrar hicimos una pequeña gira por localidades del sur de Sinaloa. Todo lo que vivía en la agrupación me servía para no pensar en nada más que el baile. En el único chavo que pensaba era en el basquetbolista que se quitaba la camisa. Pero sólo de lunes a viernes, porque los fines de semana yo era ‘un chico malo’ y jamás me acordaba de él, ni de nada que no tuviera que ver con pasos de hip-hop, dance o jazz.
Con el paso del tiempo, tendría casi dieciocho años cuando salí de preparatoria y dejé de ver al basquetbolista, al grupo ingresó Érick, un chavo muy carismático y con mucha energía. Aprendía los pasos más rápido que todos los integrantes. El coreógrafo lo ponía siempre al frente en las coreografías. Se notaba un chico con mucha experiencia. Sus movimientos paralizaban a todos los demás compañeros. Era más joven que yo dos años.
Érick y yo nos volvimos súper amigos. Él era muy agradable, ocurrente, divertido. Era el alma de todas las fiestas que hicimos en ese entonces. A todos los chavos del grupo nos caía muy bien, en especial a mí. Además creo que era mutuo, puesto que él era muy detallista conmigo, siempre al pendiente de todo. Cuando un paso no me salía Érick me ayudaba, o que si tenía hambre corría a la tiendita de la esquina y me compraba algo para que no tuviera el estomago vacío.
En una borrachera, aprovechando que los padres de Érick estaban fuera de la ciudad, nos quedamos a dormir en su casa seis de los integrantes de ‘Los chicos’. En la madrugada cuatro de ellos se metieron a dormir una recámara y yo quedé volando, sin lugar donde acostarme. Al darse cuenta de aquello, Érick me condujo hacia otro cuarto en donde no había cama, pero el suelo de la habitación estaba arreglado con sábanas, cobijas y almohadas. Rápidamente pensé que ya lo tenía planeado y que ocurriría algo entre nosotros. ¡Qué pillo! Yo estaba nervioso, pero no me podría negar. Nunca lo había hecho y quería descubrir cosas. Quería saber si realmente lo que sentía al ver a Érick no era sólo admiración por ser un excelente bailarín o por ser tan carismático. Me agradaba su compañía, quien mejor que él para mi primera vez, pensaba.
Cuando cerró la puerta, comenzó a desvestirse. Yo traía puesto un short que él me prestó para dormir y estaba recostado en las cobijas. Pero mis nervios se incrementaron cuando se quedó en ropa interior y se acostó junto a mí. Con las luces apagadas, la habitación en silencio, se sentía una tensión muy fuerte. Pasaron varios minutos y nada. Ni un pequeño roce de codo con codo o de rodillas. Nada. Yo no me atrevía a dar el primer paso, deseaba hacerlo, pero estaba demasiado nervioso. Tembloroso. Hasta que por fin Érick posó su mano sobre mi vientre, abrazándome. Yo muy digno le pregunté porque lo hacía. Él sólo respondió que porque así lo sentía. Volteé para estar frente a él, lo miré unos segundos y lo besé en los labios. Y ahí recostados en esas cobijas, cubiertos por unas sábanas frías, tuve mi primer experiencia sexual con un hombre.
(Continua...)
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