No recuerdo cuantos días pasaron cuando me encontré al chavo solo. Yo venía de un súper que me quedaba a unas cuadras de mi casa y él se había bajado de un camión urbano. Al verlo delante de mi apuré mis pasos para alcanzarlo. No sé porque, pero tenía muchas ganas de platicar con él o con la chava. Preguntarles mil cosas; si eran novios, cuánto tiempo tenían juntos, cuánto se querían, si se iban a casar, cómo le hacían para seguir tan enamorados, etc. Y lo alcancé con el fin de hacerme su amigo y aprender a querer a mi próxima pareja como él quería a esa chava. Quizás aprendería algo interesante para aplicarlo en mi próxima relación. Yo que sé. Juro que fue con buenas intenciones. Al alcanzarlo lo saludé y le pregunté: Oye ¿es tu novia la chava con la que estabas hace días? Él sonrió y me respondió muy seco: “¿viste que la cargue?, ¿tú qué crees?”. Y me quedé mudo. Pensé que le había molestado mi pregunta, por lo que sólo asumí con la cabeza, sonreí sacado de onda y tomé mi camino apresurado.
Me arrepentí de ser tan atrevido, así que juré que jamás volvería a acercarme a ellos. Ni modo. Pero, ¿Qué crees?, en otra ocasión este mismo chavo me vio de lejos y al alcanzarme me dijo: “Oye, ¿porque me preguntaste si ella era mi novia?”. Yo me sorprendí bastante. No sólo porque me habló como si nada luego de aquel día que fue tan grosero, sino porque se acercó muchísimo a mí. Me puse muy nervioso. Le respondí que era porque yo los veía muy felices y tenía curiosidad, pero que no era nada importante. En ese instante me despedí y me alejé lo más rápido que pude. Ahora recuerdo ese momento y me da risa, pero de verdad me sentía muy nervioso, sonrojado. Además sentí que me coqueteó.
Ese joven, ¿era Adán? – pregunté ansioso de que por fin se apareciera el otro príncipe azul de esta historia. “Si, era él”, me dijo. Marco guardó silencio un momento para poder darle un sorbo a su capuchino. Después de un suspiro me dijo que nunca se esperó que alguien que se veía tan feliz con su pareja se fijara en él. Y aunque esto no pasó de la noche a la mañana, pronto se volverían muy buenos amigos, antes de que pasara otra cosa. Ambos se dieron su correo electrónico para poder seguir en contacto porque Adán estaría ausente por varios días, haría un viaje al extranjero.
Ya era un poco tarde y Marco se ofreció a llevarme en su automóvil a mi casa. Pero aunque fuera casi de madrugada yo no me podía aguantar hasta el siguiente día para saber cómo ocurrió el primer encuentro, o que pasó con la novia de Adán y mil cosas que revoloteaban en mi cabeza. Ya en su coche y en el transcurso a mi casa seguí haciendo algunas preguntas, pero Marco sólo me respondía con ideas rebuscadas, como no queriendo dar tanto detalle. Al llegar a mi casa le insistí que si quería seguir platicando yo estaba dispuesto, que al cabo al día siguiente no trabajaba porque me debían un descanso. Le ofrecí café y galletas, pero dijo sentirse muy cansado, por lo que dejamos la cita para el siguiente día. Y se marchó.
0 Muerde la manzana:
Publicar un comentario en la entrada