Ese fin de semana no vi a Marco porque él estaba ocupado preparando unos performances para una presentación que realizaría en una escuela primaria. Estaría ausente cinco días, por lo que aproveché para ver a Adán y por fin entrevistarlo.
Lo cité en un restaurant-bar ubicado en Olas Altas, paseo en donde cada año, desde hace más de cien, se realiza el Carnaval Internacional de Mazatlán. Llegó puntual junto a un jovencito delgado, atlético, moreno, un tanto parecido al Marco que conocí cuando estudiaba en el Centro Artístico. Al saludarme me presentó a Elmer, su pareja actual.
Se sentaron en la mesa que reservé y antes de tocar el tema, hablamos sobre otras cosas; de su relación actual, de su nuevo trabajo, de cómo se sentía. Y también hablé sobre mí para romper el hielo y estar en confianza.
Entrados en la plática Adán y su pareja pidieron cerveza, yo también me eché una. Aunque después perdimos la cuenta.
Bien motivado por el alcohol y después de saborear unos deliciosos cacahuates japoneses que el mesero nos obsequió amablemente, Adán abrió su corazón, despejó su mente e inició a relatar su historia.
Mi vida ha sido un poco triste, pero con el tiempo he ido afrontando las cosas que me pasan de mejor manera. Nací con una malformación en mi pierna derecha. Los huesos de la pierna no se desarrollaron, no estaban fuertes y nunca lo estarían, por lo que el médico les comentó a mis papás que mientras yo creciera, la pierna seguiría del mismo tamaño o aumentaría pero no a la par de el resto de mi cuerpo. Les dieron dos opciones: la primera era que durante mi vida utilizaría aparatos en las manos o muletas para poder caminar; la segunda era amputar la pierna y ajustarme una prótesis, así estaría acostumbrado a ella y haría mi vida ‘normal’. Mis papás no tenían dinero y no sabían cómo manejar la situación. Fue muy duro para ellos. Ir de doctor en doctor y todos diciéndoles lo mismo: que lo más recomendable era la prótesis porque era bebé y con ella tendría mejor desempeño en las actividades de mi vida diaria. Se asustaron tanto que hasta pensaron que era un castigo divino. Pero el cielo los iluminó cuando mi tía Elena que vive en Estados Unidos les recomendó una clínica gratuita para discapacitados que está en Los Ángeles, California, a 19 kilómetros aproximadamente de Whittier, la ciudad donde vive mi tía.
Mis papás lloraban de gusto, por fin atenderían a su pequeño hijo. Todas las esperanzas que perdieron aquí en México buscando una buena opción y que no dio resultado, la encontraron en el país extranjero.
Como mi papá en aquel entonces se dedicaba a la pesca, en ese tiempo tuvo que embarcarse porque era temporada buena, por lo que mi mamá preparó todo para irse a Los Ángeles y llevarme a la clínica.
(Continúa...)
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