31/10/2010

Capítulo VII - Infancia dolorosa lejos de casa (III/III)


Entonces, ¿te quedaste? - le pregunté - ¿Qué era lo que no te convencía de Mazatlán?, ¿Qué había allá que no tenías acá?
Muchas cosas flaco. – Me dijo – Yo iba a Los Ángeles y era otro mundo. Mazatlán se me hacía feo, muy poca cosa. No me agradaba la manera de ser de la gente. Veía a mis papás y pensaba que no me los merecía. Vivíamos precariamente, con demasiadas necesidades. Endeudados hasta las chanclas. No veía que se esforzaran por darnos, a mí y a mi hermano, una mejor vida, mejor educación. Sin embargo la vida en Estados Unidos era de lo mejor. Allá no había que comer frijoles con queso y un chile verde por las noches porque no había de otra, mi tía no tenía tantas deudas, por lo que comía lo que quisiera. Mis primos tenían la mejor ropa y cuando me la prestaban me sentía soñado, aunque mi tía también me compraba algunas cosas. Cuando mis papás me hablaban por teléfono para saber de mí, o decirme que me enviaban ropa, o dinero, yo los trataba mal. Era grosero. No sé qué pensaba en ese entonces. Estaba cegado por un mundo al que no pertenecía. Yo sabía que mi lugar era en Mazatlán junto a mis padres, pero yo no estaba dispuesto a esa vida, me reusaba, no lo admitía. Yo quería algo mejor para mí.
Pero ¿Qué es lo que sentías respecto a tus padres?, ellos hicieron lo que pensaron que era correcto para ti. ¿Por qué tanto rencor? “No lo sé flaco, no lo sé”, me respondió.
Era de madrugada y Adán estaba muy borracho, su pareja solo miraba y escuchaba, y yo también veía borroso, por lo que mejor paramos. Terminamos nuestra sesión y quedamos con comer al día siguiente en su casa. Adán cocinaría algo especial, según me dijo, mientras seguiríamos con la historia.