31/10/2010

Capítulo VII - Infancia dolorosa lejos de casa (II/III)

Mi tía Elena tenía todo preparado a nuestra llegada. Teníamos programada la cita en el hospital a la cual mi mamá y mi tía me llevaron. Mi mamá estaba muy nerviosa porque no sabe inglés, pero mi tía le sirvió de traductor. El doctor les dijo que con gusto me ayudaría pero yo me tenía que quedar por lo menos un año en aquel país para recuperarme de la cirugía, adaptarme a la prótesis, recibir ayuda física y psicológica y poder acudir a todas las terapias. Mi mamá no podría quedarse tanto tiempo, pero mi tía hermosa se ofreció a cuidarme todo el tiempo que fuera necesario, al fin que Whittier está muy cerca de Los Ángeles, se puede ir y venir sin problema el mismo día.
A los meses mi pobre mamá se regresó a México envuelta en un mar de lágrimas y yo me quedé primero en un hogar sustituto y después a cargo de mi tía Elena, quien se convirtió prácticamente en mi madre.
Al cumplirse un año mi mamá fue por mí, las citas con el ortopedista ya no serían cada mes, sino cada año, así es que no era necesario que yo estuviera por allá. Pero su sorpresa fue que yo no la conocía ni la recordaba. Yo hablaba poco pero sólo entendía inglés. Mi mamá cuenta que me hablaba y me daba los brazos y yo lloraba y le decía a mi tía “mommy, mommy”. Imagínate que fuerte y doloroso para ella, que deseaba tanto abrazar a su hijo. Lloraba todos los días porque se había separado de su bebé casi recién nacido y ahora que volvía por él no la reconocía.
Adán hizo una pausa. De sus ojos brotaban algunas lágrimas que caían hasta su barba, pero no se secó las mejillas. Le dije que si quería podíamos parar por ahora, que al día siguiente continuáramos, pero él dijo que no tenía problema alguno con seguir relatando su infancia. Así después de no recuerdo cuantas cervezas más, siguió platicando.
Cuando llegué a la adolescencia fue un caos. Yo seguía recibiendo atención en la clínica de Los Ángeles cada año, pero cada vez que iba y pasaba algunos días por allá, no me quería regresar a México. Tendría cerca de doce años cuando me realizaron otra operación en la pierna. Cuando desperté de la cirugía tenía un osito de peluche recostado junto a mí. Al verlo me sentí muy bien, confortable, fue muy especial, lo conservo hasta hoy. Sabía que le gente del hospital me quería y mi tía Elena no se separaba de mi, por lo que esa ocasión decidí quedarme a vivir en Estados Unidos. Mis papás se enojaron mucho y hasta fueron por mí a Whittier, a la casa de mi tía. Discutimos hasta el cansancio y ninguno bajó la guardia. Todos defendíamos nuestras posiciones. Mi papá enojado me decía que mi lugar era con ellos, mi familia, pero yo me sentía mejor con mi tía y mis primos, todos se portaban muy bien conmigo. Me sentía tan ‘gringo’ que mezclaba el español con el inglés. Me volví un clon de mis primos, adoptaba sus formas de ser, su vestimenta, los modismos, todo. Mi tía Elena convenció a mis papás de que me quedara un tiempo más, que a lo mejor me enfadaría pronto y cuando me quisiera regresar a México ella me apoyaría económicamente. Otro duro golpe para mis papás.

(continua...)